Padre hay más de uno

3 Feb

Benedicto XVI se coge la jubilación anticipada y se retira de la misión divina encomendada por Dios.

Así como unos progenitores pueden hacer bien o mal la labor de padres según cuiden y eduquen a sus hijos, a pesar del arduo esfuerzo que en ocasiones esa tarea requiere; el cansancio físico y mental que comporta, el requerimiento económico que supone, el amor está por encima de todo, por encima de una salud resentida, porque los padres aman incondicionalmente a sus hijos y viceversa.

Pero como en este entramado eclesiástico no se puede decir aquello de “Padre no hay más que uno”, el Sumo Pontífice, ha decidido dejar huérfanos a sus hijos repartidos por todo el mundo y retirarse de la misión encomendada por Dios de llevar su mensaje a todos los fieles y ejercer como enviado del Señor.

No es que sea una persona excesivamente religiosa, (ni mucho menos), pero haber pasado la mayor parte de mi vida en un colegio-instituto religioso había hecho que me planteara el oficio de Papa como una tarea a la que no se puede renunciar, a la que se accede de forma voluntaria, movida por el amor, la ilusión y las ganas de intentar hacer de este, un mundo mejor.

La noticia que ayer copaba todos los medios de comunicación sobre la “dimisión” del Papa el próximo 28 de febrero, me ha cogido por sorpresa y me ha hecho pensar en la cantidad de Papas que han vivido por y para la iglesia, hasta que la muerte los ha hecho reunirse con su Señor. Hombres, cuya salud también se encontraba resentida pero aun así, preferían morir por la causa que se les había encomendado, haciendo gala de una inmensa generosidad y altruismo frente al agotamiento. Más allá de los motivos que han forzado a Ratzinger tomar esta decisión, según él mismo: “la avanzada edad y el mermado estado de salud”, pienso que no se renuncia así como así, de un cargo semejante sino hay un trasfondo que se prefiera ocultar antes de que salga a la luz. Pues me resulta imposible concebir como una madre o un padre puede abandonar a un hijo voluntariamente, y en este caso, hacer un paralelismo de la situación me resulta de lo más convincente.

A sabiendas que no soy una seguidora acérrima del mundo eclesiástico, es de justicia o en este caso de religión, afrontar las cuestiones morales y éticas de este asunto. Aun así, quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
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